En 1891, cuando el papa León XIII publicó la histórica encíclica Rerum Novarum, el mundo atravesaba una transformación gigantesca. La Revolución Industrial había alterado para siempre el trabajo, la producción y las relaciones sociales. En las grandes ciudades industriales, millones de obreros vivían hacinados mientras las fábricas, las máquinas y el capital concentraban un poder desconocido hasta entonces.

No casualmente, en esos años surgieron movimientos como los luditas ingleses, trabajadores que destruían máquinas no por rechazo irracional a la tecnología, sino porque intuían que el nuevo orden industrial podía convertir al ser humano en una pieza descartable del sistema económico. Al mismo tiempo, pensadores como Karl Marx, Alexis de Tocqueville y John Stuart Mill discutían cómo evitar que el progreso material destruyera la dignidad humana y profundizara nuevas formas de dominación social.

 

La gran preocupación de aquella época era la llamada "cuestión obrera": ¿cómo impedir que la tecnología y el capital terminaran subordinando completamente a las personas?

 

Aquella encíclica no fue solamente un documento religioso. Fue un acontecimiento filosófico, político y civilizatorio. La Iglesia comprendió antes que muchos gobiernos que las revoluciones tecnológicas nunca son únicamente económicas: transforman profundamente la condición humana, las relaciones de poder y el destino de las sociedades.

 

Más de un siglo después, el nuevo Papa León XIV vuelve a interpelar al mundo con la Encíclica Magnifica Humanitas. Y otra vez el problema no es solamente tecnológico. Es profundamente humano. Pero existe una diferencia decisiva entre ambos momentos históricos. En tiempos de Rerum Novarum, la gran amenaza era que el hombre quedara subordinado a la máquina industrial. Hoy el riesgo es todavía más profundo: que las sociedades enteras queden subordinadas a quienes controlan la inteligencia artificial, los datos y el conocimiento. La cuestión ya no es solamente obrera. Es cognitiva. Y probablemente esa sea la discusión más importante del siglo XXI. Porque la inteligencia artificial no constituye simplemente una innovación tecnológica más. Representa una transformación civilizatoria comparable a la imprenta, la Revolución Industrial o la electricidad. Va a redefinir el trabajo, la política, la economía, la educación, la cultura y hasta la manera en que las personas comprenden la realidad. Y allí aparece la gran pregunta de nuestro tiempo:

 

¿Quién gobernará el conocimiento?

 

La encíclica advierte sobre una nueva forma de dominación silenciosa. Un colonialismo ya no basado únicamente en territorios, ejércitos o materias primas, sino en el control de algoritmos, plataformas, información y capacidades tecnológicas.

En el siglo XIX, el colonialismo dominaba los recursos naturales.

 

En el siglo XXI, el nuevo poder global dominará la inteligencia.

 

Y esto interpela de manera brutal a América Latina.

 

Durante décadas nuestros países discutieron soberanía política mientras dependían económicamente de potencias industriales. Exportábamos materias primas e importábamos manufacturas. Éramos territorios ricos con sociedades pobres.

 

Hoy corremos el riesgo de repetir el mismo esquema en versión digital.

 

  • Exportar litio.
  • Importar inteligencia artificial.
  • Producir minerales.
  • Consumir tecnología desarrollada por otros.
  • Ser usuarios del conocimiento ajeno sin producir conocimiento propio.

 

Y allí la advertencia del Papa coincide de manera extraordinaria con los últimos informes de UNESCO sobre inteligencia artificial y educación superior.

 

Ambos plantean la misma preocupación:

 

Quien no produzca conocimiento quedará subordinado a quien sí lo produzca. Esta frase debería convertirse en una alarma estratégica para nuestro sistema educativo principalmente superior. Porque la gran desigualdad futura ya no será solamente económica. Será educativa, tecnológica y cognitiva. Las naciones capaces de desarrollar ciencia, inteligencia artificial, innovación y pensamiento crítico serán las que concentrarán poder, productividad y capacidad de decisión global. Las demás correrán el riesgo de transformarse en periferias tecnológicas dependientes. Y esa discusión ya no puede limitarse a Silicon Valley, China o Europa. También involucra directamente a provincias como Salta. Mientras debatimos minería, inversiones y crecimiento económico, el mundo está entrando aceleradamente en una economía donde el principal recurso estratégico ya no será solamente el petróleo, el gas o el litio.

 

La verdadera riqueza del siglo XXI ya no estará solamente debajo de la tierra. Estará, sobre todo, dentro de la cabeza de las personas. Y precisamente por eso la encíclica Magnifica Humanitas posee una enorme dimensión educativa. El Papa advierte que la inteligencia artificial puede ampliar extraordinariamente las capacidades humanas o profundizar desigualdades nunca vistas. Y el factor decisivo será la educación. Pero no cualquier educación. No alcanza con alfabetización digital superficial ni con incorporar plataformas tecnológicas en las aulas. El problema es mucho más profundo.

 

La inteligencia artificial obliga a replantear qué significa educar, qué significa pensar y qué significa formar seres humanos en un mundo donde las máquinas comenzarán a disputar incluso tareas cognitivas complejas. En ese punto, la encíclica coincide notablemente con el reciente informe de Unesco sobre tendencias globales en educación superior e inteligencia artificial, que advierte que las universidades del futuro deberán formar mucho más que usuarios tecnológicos: deberán desarrollar pensamiento crítico, ética, creatividad, discernimiento y capacidad de producir conocimiento propio.

 

Porque las sociedades que solo consuman tecnología quedarán subordinadas a aquellas capaces de crearla, gobernarla y comprenderla críticamente.

 

La IA puede procesar datos. Pero todavía no puede reemplazar plenamente la conciencia moral, la capacidad de juicio ni la comprensión profunda de la condición humana. Y aquí aparece una responsabilidad histórica para todas las universidades pues deberán decidir si serán simples consumidoras pasivas de tecnologías globales o verdaderos centros de producción de conocimiento soberano.

 

La discusión ya no es académica. Es geopolítica. Un país que no produce ciencia depende de quien la produce. Un país que no desarrolla inteligencia artificial queda subordinado a quienes controlan los algoritmos. Un sistema educativo que no fortalece matemáticas, ciencia y pensamiento crítico condena a sus jóvenes a competir en inferioridad de condiciones en la economía global. Por eso la encíclica interpela especialmente a América Latina. Durante demasiado tiempo confundimos crecimiento económico con desarrollo. Pero una sociedad puede exportar enormes cantidades de recursos naturales y continuar siendo intelectualmente dependiente. La historia argentina ofrece una enseñanza dolorosa.

 

Ya Juan Bautista Alberdi advertía en el siglo XIX que la educación era la verdadera base de la organización nacional. Alberdi comprendía que las naciones modernas no se construían solamente con territorio o riqueza material, sino con inteligencia colectiva, instituciones y formación humana. Hoy aquella discusión vuelve con una intensidad mucho mayor. Porque ya no enfrentamos solamente el viejo colonialismo económico. Enfrentamos la posibilidad de una nueva colonización digital. Una colonización donde las decisiones, los consumos culturales, la información y hasta los procesos cognitivos estén crecientemente mediados por sistemas diseñados fuera de nuestras sociedades.

 

Y quizá por eso Magnifica Humanitas tenga una dimensión histórica tan profunda. Porque vuelve a colocar en el centro una pregunta esencial: ¿qué significa seguir siendo plenamente humanos en la era de la inteligencia artificial? La respuesta, probablemente, defina no solo el futuro de nuestras universidades. Definirá también el destino de nuestras naciones.