El 25 de junio de 1806 el Mayor General Don Guillermo Carr Beresford desembarcó en la costa de Quilmes e inició la primera invasión inglesa a la ciudad de Buenos Aires.

El origen de la idea fue Sir Home Popham, en la época amigo del Primer Ministro Pitt, quién había planeado invadir Buenos Aires y Venezuela simultáneamente. En algún momento le dijeron que sí, pero un levantamiento de los pobladores sudafricanos desvió la atención del gobierno británico hacia esa región.

 

Popham se agregó a la flota que partía al sur. Secretamente pensaba que podría desviarse y tomar Buenos Aires. Pero aún no tenía ni idea de cómo lo lograría.

 

Esta flota hizo escala en la Isla de Santa Elena, donde se ocupó de averiguar, entre los buques comerciantes ingleses y estadounidenses que venían de Buenos Aires, cuál era la situación de la guarnición bonaerense y se hizo una clara idea de las fuerzas instaladas y, sobre todo, confirmó que en Buenos Aires se encontraban depositadas las remesas de plata para el Rey de España. Algunas habrán salido de la Puna norteña.

 

No había atractivo más importante para los marinos británicos, ya que una parte importante de la captura, llamada presa, era distribuida entre la tripulación que participaba.

Popham era marino y necesitaba infantería para desembarcar y ocupar el Virreinato. Ahí aparece Beresford, al que todos recordamos de la primaria.

Hagamos corta esta parte.

 

El 28 de junio de 1806 ocupa santa María de los Buenos Aires y el 7 de julio de 1806, Beresford emitió un bando exigiendo un juramento de lealtad a los miembros de las corporaciones civiles, eclesiásticas y militares. Instituciones como la Real Audiencia se negaron, y personalidades como Manuel Belgrano prefirieron huir a Montevideo antes que jurar lealtad a Jorge III.

 

Sin embargo, 58 vecinos particulares que no estaban obligados por sus cargos acudieron voluntariamente a firmar el libro.

 

Muy oportunamente para los signatarios, el listado parece haberse perdido.

 

La cosa es que el Virrey Sobremonte había huido a Córdoba con la mitad de los caudales, asunto que molestó a los invasores y mandaron mensajeros para que lo interceptaran.

 

Resumiendo, Sobremonte dejó las carretas en Lujan y siguió su huida hasta la capital mediterránea.

 

Solo 6 semanas después, el 12 de agosto de 1806 las fuerzas locales reconquistaron Santa María de los Buenos Aires.

 

Cuenta la crónica que, en Plymouth, Inglaterra, desembarcaron 8 carros llenos con 5 toneladas de plata aproximadamente.

 

Nos subimos a la máquina del tiempo.

 

220 años han transcurrido desde entonces.

 

Pitt, Popham, Beresford, White, Baird, son todos nombres que participaron de alguna manera en aquella invasión. Eran claros nombres anglo-sajones que se enfrenaban a los Sobremonte, Belgrano, Liniers, Pinedo de otros orígenes.

 

El tiempo ha transcurrido pero los ingleses siguen con sus antiguas prácticas corsarias, solo que ahora habrían conseguido apellidos más locales, como Caputo, Bausili, Milei y el menos paisano de Sturzenegger.

 

Claramente, los mandantes internacionales enviaron a sus mercenarios de saco y corbata a remitir el oro del tesoro argentino a Londres. Un grupo importante del Banco Central y del Ministerio de Economía han cumplido con la tradición de dejar asentada voluntariamente su firma de Lealtad a la Corona Británica.

 

No habrá sido transportado en viejos carretones, sino en modernos camiones de caudales, no viajaron en goletas sino en aviones, pero el lugar de llegada es el mismo: El Banco de Inglaterra.

 

El tiempo pasa, pero los modos de dominación quedan.

 

Y la única respuesta que históricamente funcionó es la misma de 1806: la movilización popular.

 

Pero movilizarse solo no alcanza. Tenemos que organizarnos para recuperar lo perdido, sea el oro, la industria, los derechos cercenados y los ingresos disminuidos.

 

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